El femicidio, entendido como el homicidio de una mujer por motivos de género, constituye la manifestación más extrema de la violencia contra las mujeres y las niñas y representa una de las violaciones más graves a los derechos humanos.
Sin embargo, este flagelo no comienza con un asesinato. Se origina mucho antes: en la desigualdad de género, en la creencia de que las mujeres tienen menos valor o menos derechos, en relaciones de poder y control, y en estereotipos y normas sociales normalizan la violencia. Comienza con un grito de ayuda que ha sido ignorado.
Poniendo en evidencia la falta de protección efectiva por parte del Estado, la impunidad, la negligencia institucional y la tolerancia de estructuras masculinizadas favorecen que esta problemática continúe, porque un problema sin transformarlo en acciones concretas nunca será suficiente para resolverlo.
Debemos enfrentar este desafío desde su raíz. No basta con sancionar cuando el daño ya está hecho; debemos construir sociedades donde el respeto, la igualdad y la dignidad sean principios inquebrantables. Solo así podremos desarrollar sistemas de protección eficaces y legislaciones que no solo castiguen, sino que también prevengan.
Por eso, hoy los invito a preguntarse: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo seguiremos siendo testigos de esta ignorancia consciente mientras millones de mujeres continúan viviendo con temor o asesinadas SOLO POR SER MUJERES?
Hoy levanten su voz.
Por las que ya no están.
Por las que siguen caminando por las calles con miedo, sabiendo que incluso al llegar a sus hogares pueden seguir estando en peligro.
Por las que se atrevieron a denunciar y fueron ignoradas o menospreciadas.
Por aquellas que pensamos que regresarían y nunca lo hicieron.
Por las niñas.
Por las adolescentes.
Por las mujeres.
Porque detrás de cada cifra hay una vida, una historia y un futuro que jamás debió ser arrebatado.